Por: Cuauhtémoc Calderón
En La Trastienda suelo hablar de los actores del poder, pero hoy me detendré en el telón de fondo, en el escenario donde se interpreta una obra política que cada vez convence menos: la falsa dicotomía entre izquierda y derecha.
Durante siglos, estas etiquetas han servido para estructurar el conflicto político. Nacieron como una convención posrevolucionaria, se llenaron de sentido durante el siglo XX y sobrevivieron la Guerra Fría a fuerza de propaganda. Pero hoy la política actual evita el conflicto real y convierte la diferencia en una amenaza. En lugar de deliberación pública, se fomenta la reacción emocional, especialmente en redes sociales. Así lo advierte el filósofo Byung-Chul Han en «La expulsión de lo distinto» (2017). Y en ese contexto, el viejo eje izquierda-derecha se vuelve un lenguaje obsoleto, una caja de herramientas vacía.
Chantal Mouffe, una de las voces más lúcidas sobre la democracia moderna -especialmente en su teoría del “agonismo democrático”- lo ha dicho claro: no se trata de eliminar el conflicto político, sino de reformularlo desde nuevas coordenadas, más cercanas a la realidad de los pueblos que a la nostalgia ideológica. Porque lo que hoy llamamos izquierda o derecha no es más que una ficción estratégica, útil para las cúpulas, inservible para los ciudadanos.
En México —y en Zacatecas con mayor crudeza— esa ficción se ha vuelto grotesca. Políticos que se dicen de izquierda gestionan presupuestos como neoliberales entusiastas, pactan con caciques, reprimen movimientos sociales, son inmensamente ricos y gobiernan con más verticalidad que cualquier tecnócrata. Y sus contrapartes de derecha no son mejores: en lugar de representar un pensamiento liberal, republicano o ético, se mimetizan con el régimen o se desdibujan en acuerdos que traicionan a sus votantes.
Como diría Slavoj Žižek, el conflicto entre izquierda y derecha es hoy un juego simbólico que esconde el verdadero antagonismo: el que existe entre las élites que administran el poder y los ciudadanos que cargan con sus consecuencias. El problema no es de etiquetas, sino de fondo: quién decide, a quién se protege, quién paga los costos y quién se queda con los beneficios.
Y en Zacatecas lo vivimos cada semana. Mientras el estado se hunde en crisis simultáneas —educativa, económica, de seguridad, de legitimidad— seguimos viendo políticos que prefieren actuar como portavoces ideológicos que como solucionadores de problemas. Por ejemplo, la obra del segundo piso no es de izquierda ni de derecha, es simplemente una mala decisión técnica y política. Y eso debería bastar.
¿Quién gana con esta polarización hueca? El sistema. El de siempre. El que nunca pierde. Mientras los ciudadanos se debaten entre defender una supuesta “justicia social” o una “libertad conservadora”, el verdadero poder —corporativo, clientelar, burocrático— sigue intacto, inamovible, incuestionado.
Parafraseando a Tony Judt, uno de los historiadores más lúcidos del siglo XXI, “cuando el lenguaje político pierde contacto con la realidad, deja de servir para pensar y solo sirve para manipular”. Y eso es exactamente lo que pasa hoy.
No se trata de renunciar a la política, sino de superar la trampa discursiva. La ciudadanía necesita nuevos marcos: honestidad, eficiencia, rendición de cuentas, justicia real. No es que ya no existan las ideas, es que necesitamos rescatar la política de las manos de los manipuladores ideológicos y devolvérsela a los ciudadanos.
Porque si seguimos atrapados en esta ficción eterna entre izquierda y derecha, el cambio seguirá siendo solo una promesa en campaña, mientras la vida real —la del que trabaja, cuida, emprende, enseña, cura o produce— se queda igual, o peor.